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Tengo un bebé ¿Ahora qué hago? – Una Infancia feliz

Tengo un bebé ¿Ahora qué hago?

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Tengo un bebé ¿Ahora qué hago?

Toda la vida me ha llamado la atención el tema relacionado con el nacimiento de un niño (embarazo, parto, recién nacido, primeros meses…) y después de muchas encuestas he encontrado como una constante, dentro de todo este proceso, comentarios negativos de madres exhaustas, agobiadas, estresadas y ansiosas.
Partiendo de que todo lo que vivimos cuando somos niños nos marca para el futuro, y al revisar lo que conocemos como el inconsciente, puedo concluir que el ser mamá o papá no necesariamente tiene que ser algo agotador, terrible, estresante ni agobiante. bebeLo que ha venido pasando a través de décadas es que las figuras parentales (léase madre, padre, abuelos, tíos, maestros, vecinos, niñeras, hermanos mayores, televisión…) han grabado en el inconsciente de los niños una terrible prohibición familiar, con mensajes que crean la convicción de que los hijos son una carga, un sacrificio y que sería preferible no tenerlos.

La papa caliente: Lamentablemente, la transmisión de mensajes al niño se da como el juego de la papa caliente, que va pasándose de generación en generación, y vemos entonces cómo dentro de casi todo grupo familiar los niños crecen escuchando frases como las siguientes:

…Yo que me sacrifiqué por ti…Todo lo que he hecho por ti… Nunca pude estudiar por ti… No pude viajar por ti… No pude trabajar por ti… o tuve que salir a trabajar por ti… Quién me mandaría a tener hijos… Estoy muy cansada… Estoy agotada… Me vas a volver loca… Déjame en paz… Déjame tranquila… Deja el fastidio… Me tienes atormentada… Me tienes harta… Me tienes obstinada… No consideras todo lo que hago por ti… Yo no quería tener hijos y sin embargo… Yo lo que quería era tener un varón…o yo lo que quería era tener una hembra… Ya más nunca pude dormir igual después que tú naciste… Es muy duro cargar con los hijos uno solo… No mi amor, no te pongas a tener hijos; disfruta tu matrimonio, mira que después no puedes hacer nada… Aprovecha ahorita que no tienes hijos… Mi mamá tenía razón: nunca debí haber tenido hijos… Es una carga demasiado pesada… Ya no puedo más… No puedo encargarme de tantas cosas… Tener hijos no es nada fácil… ¿Qué hice yo en la vida para merecer este castigo?… ¿Estás embarazada? ¡Prepárate! No sabes lo que te espera… ¿Estás en estado? Pobre, te compadezco… He dejado la vida criándote a ti, para que vengas y me pagues con esa moneda… ¡Malagradecido(a)!… Tú sí eres ingrato(a), después de todo lo que he hecho por ti… Ya verás cuando tengas hijos, vas a pagar todo lo que me has hecho… Cuando tengas tus hijos vas a saber lo que es bueno…

Bendición de bendiciones: Cada una de estas frases se ha incorporado en nuestro inconsciente de manera tal que el mensaje o mandato final que nos dan nos hace creer que los hijos son una carga, un trabajo, un sacrificio, un estrés, una tortura, un castigo…pero realmente no es así: los hijos son una bendición, un regalo de Dios, una sonrisa, una buena noticia, una mirada feliz, un canto hermoso, un disfrute, un gozo, un pedacito de cielo, un rayito de sol, un arcoiris, una emoción, una pasión, una maravilla, un tesoro. Los hijos son lo máximo y definitivamente tenemos que aprender a disfrutarlos.

Reprogramando nuestro disco duro: Lo primero que debemos hacer es reprogramar nuestro disco duro y cambiar todos aquellos mensajes negativos en positivos –esto se logra de manera efectiva con psicoterapia- entendiendo además que todo lo que pasó con nosotros de pequeños era simple y llanamente lo que tenía que pasar, pues lamentablemente nuestros padres no estuvieron preparados para tenernos (esta materia de la paternidad no se cursa en ningún lado)

Pero bueno. Estás embarazada ¿y ahora qué? Recordemos en todo momento la palabra DISFRUTE. Cuando el bebé es planificado y deseado, la madre no tiene razones para presentar ninguno de los típicos malestares como náuseas, vómitos… Para la corriente psicoanalítica, estos síntomas obedecen a una reacción inconsciente de rechazo de la madre hacia el bebé. El cuerpo nos cambia, pero esa es la gordura más hermosa. El parto: cierto que duele pero es tan mágico y tan único ese momento, que no importa dolor alguno, pues esos ojitos del bebé cuando llega al mundo y mira la cara de su mami y de su papi… no hay palabras que describan con exactitud la emoción de este instante. El recién nacido en casa: come cada dos horas y mientras le damos el pecho, le sacamos los gases, le cambiamos el pañal y la ropita, ya empezó nuevamente el ciclo. Esto quiere decir que la madre y el padre están allí, ciento por ciento dedicados al bebé, sin dormir, sin salir, sin hacer sus cosas, en ocasiones hasta sin bañarse… pero si lo asumimos como lo que tiene que pasar para que el bebé se sienta seguro, confortado, querido, aceptado, pues lo hacemos y ya. Sin tanta queja, sin tanto drama, sin tanto “pobrecita o pobrecito yo”, entendiendo que no es un sacrificio sino que es amor puro y simple.

Sacándole el jugo a la vida: No importa cuántas veces en la noche me tenga que parar, cuántos quehaceres en la casa deba terminar; necesito aprender a ser mamá o papá con alegría porque únicamente de esa manera estaré dando salud. Si atendemos las necesidades vitales de nuestro hijo de mala gana, con cansancio, con amargura, con obstinación, con rabia, con flojera, con indiferencia… el niño se dará cuenta (aunque verbalmente no le digamos nada) y sentirá que en lugar de una bendición es una cruz a cuestas y empezará a comportarse como tal: con mala cara, con desgano, con amargura, con rabia, con rebeldía, con obstinación, con indiferencia, con mala disposición. No esperemos que sea tarde para disfrutar de nuestros hijos. La vida es sólo un instante ¡y pasa tan rápido!… Demos gracias a Dios por ese regalo que nos ha dado y disfrutemos y entreguemos cada segundo como si fuera el último segundo de vida que nos queda. Al final del camino encontraremos hijos hermosos, sanos, apacibles, dulces, amorosos, felices, victoriosos, satisfechos con ellos mismos, con el mundo, con la vida…

Lic. Irene Blanco de Velásquez


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